Alejo Cardona: El eco del Reggaetón y el House en Medellín

Históricamente lxs paisas son ejemplo de buena labor y alto emprendimiento. En términos de industria musical hay representantes de Medellín que se paran duro en el mundo a través de varios géneros: Crudo en el rap, Verraco en la electrónica, Karol G en el reggaetón. Pero, hay figuras como Alejo Cardona cuya vocación es ingeniar las noches y definir lo que va a sonar en la fiesta .

Su trasfondo como curador musical, DJ, y empresario del nightlife lo respaldan seriamente en esta edición. Y eso sin nombrar las vueltas en las que está metido: Perro Negro, Discos Nutabe, Hi I’m Sci, The Hacienda, y más. Se trata de un circuito de propuestas que le han resultado productivas tanto en lo económico como en lo artístico y personal.

Esta entrevista con Alejo es una radiografía sobre cómo se gestiona la música desde la independencia y el mainstream, contrastando las dinámicas del house y el reggaetón en una escena musical tan particular como la de Medellín. También, es un dialógo sobre las hegemonías del streaming, el dembow nueva era, y la conexión musical entre Colombia y España.

Discos Nutabe pasó de firmar house producido por artistas nacionales en formato vinilo a colaborar con artistas de Latinoamérica y lanzar música digitalmente, ¿por qué se dio este cambio?

En la primera fase de Discos Nutabe representamos ese house colombiano de 2015 a 2020 con los lanzamientos de Leoon, Lunate, Dijon Triathlon… con esos discos armamos nuestro manifiesto de lo que fue esa primera época. Durante la pandemia y post-pandemia nos mantuvimos con acciones digitales, videos y cosas que sacábamos en redes para no quedarnos quietos.

Después nos enfocamos un tiempo en los eventos, haciendo fiestas pequeñas en Medellín para nuestro nicho y la comunidad. Pero la vuelta siempre estuvo ahí: nosotros somos un sello. Estuvimos en un abanico de vueltas y tenemos pensado hacer fiestas para presentar los álbumes, pero la idea siempre nació como un sello.

Al principio estábamos cerrados al sonido colombiano. Y no es que ahora no nos interese, sino que cuando empezamos no teníamos ni las redes, ni los contactos, ni las amistades que tenemos hoy. Ahora, después de tantos parches y fiestas, podemos conectarnos con artistas de toda la región; por eso hacemos discos con los DJs con los que hemos caminado y que han ido a nuestras fiestas.

Ese tiempo nos sirvió para ahorrar y entender cómo se mueve la música ahora, desde la logística de subir una canción hasta entrar de lleno en la industria actual, pero sin soltar el vinilo. El vinilo sigue siendo nuestro centro. Nos toma tiempo, y aunque no descuidamos Bandcamp ni las plataformas porque ahí es donde se alimenta la comunidad, tenemos lista una seguidilla de discos y vinilos dobles. Nuestra idea es esa: homenajear el formato álbum en la electrónica a través del vinilo.

¿Qué tan distintos son los ecosistemas del House y el Reggaetón en Medellín? Especialmente viendo que uno se mueve de forma muy independiente y el otro es una industria global.

Es obvio que son mundos diferentes. Uno es bien independiente, bien «con las uñas». Aunque en los últimos dos o tres años la cosa ha ido subiendo, no deja de ser una vuelta que se mueve patas arriba; tanto para los DJs como para los dueños de los clubes y colectivos. Últimamente hay más parches y más fiestas, pero la informalidad y el pulso del día a día siguen mandando.

En cambio, con el reguetón pasa todo lo contrario: funciona tanto que se vuelve medio caníbal. Hay lugares que nacen con otra intención, pero terminan convertidos al reguetón porque les toca para sobrevivir. Por ejemplo, si un lugar quiere proponer algo distinto pero al DJ le da por poner Plan B y el dueño ve que con eso vendió media barra, pues al otro día la orden es que solo suene Plan B.

Otra vuelta es que la gente ahora oiga House en los restaurantes, pero esa no es la escena de la que estamos hablando. Para que la gente vaya y pague un cover por ver a un DJ —si no estás metido en el circuito o en el centro de la rumba— es muy difícil convocar público. En cada zona rosa puede haber un sitio que ponga algo «medio electrónico», pero en la mayoría de esos lugares lo que suena es cualquier playlist de Spotify, puro Tech House o Afro House.

¿Qué apreciación tienes sobre el género urbano en España?

EEn este momento la escena está creciendo demasiado y están saliendo cosas bacanas, aunque la narrativa global y los podcasters digan que no. Pero claro, todo está cooptado por dos o tres personajes. El público se volvió muy cerrado, y la verdad, no sé en qué momento pasó eso con el reguetón.

Cuando yo escuchaba a Wisin & Yandel, ellos eran unos desconocidos; ni mi mamá, ni mis tíos sabían quiénes eran. Eran unos pelagatos que uno conocía por pura casualidad. Mis pares y yo éramos los que entrábamos a Ares a descargar los temas. Entonces, ¿cómo se perdió la capacidad de asombro? ¿En qué momento la gente dejó de querer artistas nuevos? Sé que estoy generalizando y que siempre saldrán estrellas, pero hoy, si no estás en «la bolsa» del reguetón comercial, parece que no existieras.

Ahí es donde entra el contraste. Por ejemplo, aquí en España están estos pelados de La Vendición Records, el sello de Yung Beef. Tienen una filosofía que me trama porque se parece a la de la electrónica: hacen música en manada, en comunidad, y el sello funciona de forma horizontal. Es un caso totalmente distinto al resto del género.

En ese sello hay gente como Xiyo y Fernandezz con unos perreos que suenan a lo que hacía J Alvarez en 2010; una cosa que uno dice: «¡Qué reguetoncito tan bacano!». Ayer mismo estuve en una sesión con Raúl Clyde. Y hay otro pelado de Barcelona, de padres ecuatorianos pero nacido aquí —el Lamine Yamal del reguetón— que se hace llamar La Diferencia 2006. Pilla ese nombre, un pelado de 20 años. Tiene un tema que se llama Tussicológo y el intro es el man tirando cuatro frases declamadas; hace años no escuchaba un tema de reguetón con un intro hablado. Las generaciones españolas de ahora aman el reguetón, pero lo están viviendo desde otro lado.

Me llama mucho la atención que hayas visto un intro afín al reggaetón. ¿Las nuevas generaciones pueden reconocer o reivindicar lo que fue el género urbano en sus inicios?

Ni siquiera es una pregunta a futuro, es algo que ya está pasando en el presente. No sé si pillaste a La Obsesión en México; un colectivo de peladitos, ninguno «niño lindo» ni con pinta de boy band. Son como 15 manes que sacaron un mixtape el año pasado donde todos los temas son buenos, todos tienen su esencia, y el 80% es puro perreo. Tienen un tema que se llama Alta Farra, que seguramente has visto por ahí porque se viralizó con un sample de Daft Punk.

El problema es que esas vueltas no le llegan a la masa porque todo el espacio está cooptado por Bad Bunny o Karol G. Dentro del mismo reggaetón hay demasiada música que se queda estancada; se podría decir que es el nuevo underground. Si te pones a ver los números, hay unos pocos que se llevan todo el pastel, mientras que esta música —entre comillas— es un «fracaso» comercial. Pero uno, que es DJ y que está metido en esto, escucha una canción de esas y dice: «¡Qué hp palo!».

¿Y hay mucho en Chile… has escuchado a un pelado que se llama Sinaka, con S?

Mencionaste que hay una narrativa global y una captura de la audiencia por parte de lxs artistas más grandes, ¿por qué crees que pasa eso?

Eso es algo que incluso podríamos debatir los dos; vos, que estás en la labor periodística, podés ver estas vueltas. Uno lo nota en todo momento. Dentro de cierta narrativa, mucha gente te va a decir que «Perro Negro es el templo del reggaetón», pero otros en Medellín te van a decir: «No, yo voy a perrear a otro lado». Entonces, ¿cuál es la realidad? ¿La del que viene de Nueva York, pasó muy bueno y para él todo es Perro Negro, o la de los paisas que van a otros lugares?

En la electrónica pasa lo mismo: te podría preguntar por qué Bclip no es una estrella global y Funk Tribu sí. Quién llegó primero al lugar donde iba a tener ciertos contactos o canales de prensa para decidir que esta iba a ser la narrativa. Todo tiene que ver con esas vueltas hegemónicas y con lo que la gente prefiere consumir; pasa por muchas razones.

Lo que pasa es que en este momento la gente cree que el reggaetón es solo Eo y VeLDÁ. Si me lo dice un español o un inglés, todo bien. Pero me parece muy triste que alguien de Colombia —que escuchó a Jowell & Randy cuando no eran nadie, que escuchó a Plan B cuando solo nos gustaba a nosotros, o al mismo Bad Bunny cuando era un nicho de latinos—, ahora que todos ellos son famosos, no sea capaz de aceptar música nueva. Que hayamos perdido esa apertura me parece lo más triste de todo.

Si creo que se llegó a una burbuja o una pasividad…

Ese término define muy bien el fenómeno: es una sobresaturación que terminó generando bloqueos. La inmediatez de la cultura del streaming ha afectado profundamente la curiosidad; ahora la gente solo ve y escucha lo que quiere ver, lo que ya conoce. En cambio, con la radio te tocaba escuchar lo que pusiera el programador de la emisora.

¿Desde hace cuánto se ha tejido un puente musical entre Medellín y Europa?

En su momento, el eje más fuerte era España-México, pero en los últimos años, gracias al mainstream, se ha activado una conversación mucho más directa entre España y Colombia. Está el caso de Morat, que estudiaron acá y se pegaron primero en España; ese tipo de movimientos empezaron a tejer la conexión. De hecho, pasa algo similar con la música chilena: los chilenos aquí la rompen demasiado, y aunque he intentado rastrear de dónde viene ese vínculo, todavía no hay una respuesta clara.

¿Te acordás de Cali y el Dandee? Esos manes acá eran unas estrellas totales; en su momento nunca me expliqué bien por qué. Después vi lo de Morat, Yatra, Camilo… y uno entiende que el pop colombiano se quedó con todo porque los compositores colombianos están metidos en todas partes. Ellos escriben los «palos» de mucha gente en Latinoamérica; eso termina creando una estampa, un sello invisible en la música de otros países donde, al final, el letrista es un colombiano.

Eventos como el Sónar en Bogotá hace unos años también ayudaron a generar esa conversación España-Colombia. Además, el país se ha vuelto un jugador clave en la escena mundial por su población: somos una comunidad gigante, súper conectada a internet y con una presencia pesada en plataformas de streaming. Hasta hace nada, todo el mercado era México y, por ahí, Argentina. Pero desde hace diez años, Colombia es una ficha fundamental en la industria por la pura cantidad de números y de gente conectada que tenemos.

Dijiste que hay compositores colombianos que colaboran con artistas del mundo. ¿Crees que el país está referenciado por su maquinaria y la creatividad que tiene?

Es algo difícil de explicar, pero la creatividad del colombiano es otro nivel; uno ve gente inventándose unos sonidos increíbles. Pasa un poco como con los brasileños, con la diferencia de que Brasil tiene su mercado interno resuelto con sus 215 millones de personas. Nosotros, en cambio, tenemos que salir a sumar a Centroamérica, a México y a otros países para armar nuestro propio crowd.

Aun así, la música que sale de Colombia es muy potente. Últimamente he compartido estudio con productores de distintos géneros y el sabor, sumado a la creatividad nuestra, se nota demasiado. Tenemos una forma de resolver y de meterle identidad a los temas que nos hace destacar.

¿Cómo ha cambiado la escena musical de Medellín entre 2010 y 2026?

Han pasado muchas cosas. Ahora pareciera que hay más público, pero lamentablemente todo está muy cooptado por la cultura festivalera. Sí, la electrónica y otros géneros han crecido, pero si no armás un evento con 40 DJs y tres días de rumba, no sacás a la gente de la casa.

Lo que sí prevalece, y es algo muy bacano del público paisa, es que en el fondo es muy crossover. Alguien que va a una fiesta de reggaetón puede terminar en una de vallenato si se le «juntan las esferas del dragón»; si el espacio le gusta, se lo va a sollar. La gente sigue siendo muy abierta y, más que hincha de un género, es hincha de la fiesta. Son como: «El viernes voy al Baum, el sábado caigo a Manrique a bailar guaracha y el domingo perreo en cualquier parte». Me parece una chimba que la gente sea así.

Claro que las cosas han cambiado, y aunque la escena creció, tengo mis críticas con los festivales. Siento que el público ya casi no vuelve a los clubes ni a los espacios chiquitos; prefieren una experiencia mensual megalomaníaca con una pantalla gigante. Ha pasado en todo el mundo y, obvio, en Medellín se siente fuerte. Y ni siquiera solo en la electrónica, también en lo popular: por algo Bad Bunny o Afterlife siguen prefiriendo a Medellín antes que a Bogotá.

Por lo demás, todo sigue parecido. Desde que tengo uso de razón siempre ha habido una sola discoteca de electrónica que, aunque cambie de nombre o de local, se mantiene como el eje. El resto son dos o tres parches alrededor que están bien, pero no llegan a ser el club estandarte. No es que ahora haya más sitios de electrónica; es, más bien, que cerraron cuatro clubes y abrieron otros cuatro.


¿Qué se ajustó?

¿Qué pasa con el factor turismo? Recientemente empezó a haber más convocatoria de turistas o gringos en los clubes de la ciudad.

Esa vuelta tiene sus idas y sus venidas. Uno pensaría que, por ser extranjeros, iban a buscar nichos más underground o apoyar eventos que en otras partes del mundo tienen más acogida. Pero no: llegan a Medellín y lo primero que buscan es un toque de reggaetón; quieren vivir la noche local y conocer lo que de verdad nos gusta acá. El turismo cambió tanto que ahora la gente le pregunta a ChatGPT por una experiencia local, y obvio no los va a mandar para el Hard Rock Café. Al final, el extranjero lo que quiere es vivir la otra cara de la ciudad, la del local.

Sí, van muchos extranjeros a las fiestas, pero tampoco es que eso ayude mucho a formar nuevos públicos o a fortalecer la escena. Lo que se está armando es por puro amor de la gente de la ciudad que le sigue metiendo la ficha a las vueltas. Afortunadamente, no ha pasado eso de que un extranjero monte una discoteca que se vuelva el paraíso exclusivo para DJs gringos; casi todos los promotores seguimos siendo colombianos, manteniendo el control de lo nuestro.

¿Qué consejo podría ser clave para lxs gestores o personas que emprenden en el ecosistema musical?

De cualquier manera, mientras uno pueda cubrir las necesidades básicas, hay que seguir apuntándole a lo que a uno le gusta. Hay que tener claro que entre más underground o raro sea el proyecto, más difícil va a ser; el proceso no es fácil ni siquiera en lo comercial, ya sea abrir un club, montar una fiesta o camellarle a un sello. Al principio te va a tocar asegurar la comida y el techo de otra forma, ya sea por el apoyo de tus papás o porque te la «joseaste» con tres trabajos. Lo que sea.

De ahí puede venir la frustración, y qué pereza sentir frustración por lo que amás. No sé si suena demasiado crudo, pero hay que estar «salvado» para poder pensar en lo que te gusta sin estresarte ni aburrirte; para que siempre escuchés lo que estás haciendo con alegría y satisfacción.

Precisamente ayer hablaba con Regal86 y le decía que mi felicidad es ver el trabajo en la calle, montado en plataformas… o ver una foto de él con el vinilo cuando le llegue. Eso es lo que quiero: que otras personas lo escuchen, que otro DJ lo ponga, que alguien vaya y lo «shazamee». Es lo que siempre hemos pensado en Discos Nutabe: si no hay música, no existe la fiesta. Y aunque ya no puedo estar de rumba igual que antes, después de haber hecho fiestas durante tanto tiempo, me digo: qué chimba saber que estoy alimentando la fiesta y definiendo lo que va a sonar en ella.

¿Podría haber una sede de Perro Negro en Madrid?

De hecho, hay una sede ya. Abrimos en octubre del 2024, pero por una licencia de los bomberos nos cerraron en 2025, y hasta ahorita nos la dieron en el mismo establecimiento donde estábamos. Yo creo que a finales de mayo o junio abrimos en Madrid.

Por eso he conocido la escena de rumba madrileña, y he visto cómo los pelados reaccionan al reggaetón, he visto cómo es la escena de la electrónica acá. Aquí hay gente adicta a Ñengo a Luigi 21, es charro y bacano.

*Colaboración y redacción: Víctor Lara, Comunicador Social y Periodista de la Universidad de la Universidad Externado de Colombia. Label Manager del sello Plasmodia e integrante de la mesa editorial de M.A.A.S desde 2021.

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