BeatZarro ZenRuben, el regreso al rap del vaquero alienígena

Rubén Buriticá lleva treinta años reescribiendo la misma pregunta bajo nombres distintos. De AltoRango a BeatZarro Fernández, de la Música Popular Extrema a Don Segundo Berraco y ahora a BeatZarro ZenRuben, cada identidad ha llegado con su propia estética, su propio público y su propio género musical, pero el hilo que las atraviesa no es la evolución de un sonido sino “la necesidad del equilibrio emocional y espiritual para poder salir de estados de dolor convirtiéndolos en lapsos de felicidad más poderosos, constantes y duraderos”, la única constante de una carrera que él mismo llama, con un dejo de ironía, “la más grande y acertada carrera autodidacta y otorgadora de armonía” de su vida. Cada mutación, leída así, deja de ser un capítulo cerrado y empieza a leerse como una pieza más de un mismo mecanismo todavía en marcha treinta años después de que Buriticá escribiera sus primeras rimas en un cuarto de Honda, ardiente geografía del Tolima.

Ese mecanismo no nació con BeatZarro Fernández ni con el accidente que lo trajo al mundo: nació en la biografía que lo precede, en Villahermosa y Honda, entre padres que le heredaron la vaquería criolla y el cine de vaqueros y un dolor que llegó demasiado pronto. A temprana edad murió su madre y de ese quiebre habla con un vocabulario quirúrgico: “empiezo a sentir la crudeza del desprendimiento existencial a tan temprana edad”, un enfrentamiento solitario contra un mundo entero de apariencias, estereotipos y competitividad negativa que un niño de Honda no tenía por qué cargar todavía.

El BMX y el hip hop entraron justo en ese vacío como único territorio en el que no hacía falta explicar de dónde venía la herida para que lo dejaran quedarse. Buriticá lo resume como “un ciclo constante de sanación a una enfermedad” y es esa palabra, la de enfermedad, la misma que quince años después un bus va a volver literal en su cuerpo, aunque en ese momento de la infancia todavía nadie podía anticiparlo. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo intuir que después de muchos años y kilómetros recorridos el melancólico Rubén se convertiría en uno de los músicos con mayor inventiva de nuestro país?

Antes de que llegara ese accidente hubo, sin embargo, una escena entera que lo formó como escritor antes que como heterónimo. Empezó a escribir rap en 1995 y en 1997 fundó AltoRango en un circuito bogotano que apenas estaba armando sus primeros festivales y comunidades, una etapa que recuerda como “exageradamente bella” y en la que sentía que “algo muy grande se estaba formando” entre artistas que aprendían al mismo tiempo que él a plasmar sus realidades sociales y espirituales en un mismo escenario compartido. Eran los años de los bares en vivo, de los primeros balbuceos de Rock al Parque. Una Bogotá entre Mockus y Peñalosa que permitiría el crecimiento exponencial del sector cultura

De esa comunidad no rescata solamente el recuerdo afectivo sino un hallazgo de oficio que sostiene hasta hoy toda su relación con la palabra, pues entendió que “escribir es la forma en la que se puede dibujar el espíritu” y que hacerlo junto a otros que compartían su sensibilidad era, en sus propios términos, “una forma de amar en libertad”. Era la certeza de que su voz era apenas una de muchas maneras posibles de sacar el arte que llevaba dentro, la premisa exacta que quince años después le permitió inventar otras voces enteras para lograrlo.

El accidente que reorganizó ese proyecto ocurrió en 2010, cuando un bus lo arrolló mientras iba en bicicleta y estuvo a punto de perder la pierna derecha. Fue un episodio que Buriticá no cuenta con el lenguaje habitual del trauma sino como una sobrecarga que lo desbordó por completo: “una especie de alucinación por la sobrecarga de experiencias densas hizo que me sumergiera en un mar de caos donde podía nadar por mucho tiempo conteniendo el aire”, un estado en el que alcanzó a ver, dice, todos los caminos y palabras que ya llevaba dentro desde su nacimiento.

De ese mar de caos salió BeatZarro Fernández, el vaquero alienígena del planeta A.D.O.M. —Arrechera De Otro Mundo—, con Vicente Fernández convertido en pariente lejano imaginado y una biografía completa que Buriticá construyó como quien levanta un mundo entero para poder habitarlo. El personaje “llegó siendo esa forma en la que este cuerpo tenía la capacidad de expresar la fuerza, el carácter, la valentía, la ironía y el cinismo que Rubén no podía por estar pendiente de contener el aire”, la primera formulación explícita de una división de trabajo que iba a sostener el resto de su carrera: un cuerpo, dos voces, cada una encargada de lo que la otra no alcanzaba a decir.

Bajo ese personaje nació la Música Popular Extrema, la fusión de hip hop, norteña y electropunk que llevó a Buriticá por escenarios como la Convención Internacional de Tatuadores, Animalfest Quito, Boogaloop y el Festival de Rock de Ambato, compartiendo cartel con nombres como Querubín Rebelde, El Cerdo Molina y DJ Hets. La compone excavando en un mismo yacimiento familiar, fotos de su padre “montado en una bicicleta panadera con sombrero y botas de vaquero” en algún pueblo del Tolima, mezcladas con los recuerdos de una adolescencia entre punkeros, raperos, skaters y rollers que compartían parche con inocencia de pueblo.

A esa capa de infancia y adolescencia se suma la madurez obligada que le impuso enfrentarse a la vida en Bogotá y los viajes mochileando por Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, un recorrido que resume con una frase que funciona casi como manifiesto de todo el proyecto: con la unión de músicas tan distintas busca “recordarme que todo lo vivido hace parte de este mismo cuerpo”, la certeza de que las escenas que ha atravesado terminan siendo la expresión de un mismo mundo que merece disfrutar su propia riqueza en vez de fragmentarse en géneros separados.

Esa misma pulsión atraviesa las canciones que ha escrito sobre vendedores ambulantes, ciclistas, alimentos callejeros y personajes del centro de Bogotá, un ejercicio de observación que describe casi como trabajo de campo: mientras va conociendo gente y compartiendo con ella, va “develando y entendiendo su entorno y sus experiencias” en un mundo que encuentra repleto de historias que a veces le resultan inimaginables incluso a él, que lleva años recogiéndolas.

El humor que atraviesa esas historias funciona como método de trabajo declarado: “reír por no llorar es la premisa”, la fórmula que sostiene toda su manera de convertir observación callejera en canción, y que completa explicando que hacer música con humor es “la manera de olvidar el dolor y reforzar la magia y la felicidad” frente a un material que de otro modo sería difícil de cargar noche tras noche sobre un escenario, amén de Leoncavallo. 

Este pragmatismo organiza también su relación con el dinero. Buriticá ha financiado buena parte de su obra vendiendo ropa, comida y objetos en el Mercado de las Pulgas, una economía paralela que asume sin sentimentalismo victimista: “soy resistencia, soy punk, soy rebusque”, la síntesis de un entorno con pocas oportunidades donde él y los suyos tuvieron que crearlas ellos mismos, “donde la mayoría de las veces la cura es más cara que la enfermedad”.

Es la lógica de rebusque la que explica los tiempos de producción de toda su obra tanto como cualquier decisión puramente estética: “debí aprender a estar asando y comiendo, asando y comiendo”, la imagen que resume media vida de sostener un proyecto artístico desde la venta callejera y que enmarca llamando a su personaje “ficticio solo como decoración artística de la realidad bizarra y surrealista que supera a la ficción”. Esta imagen no es arbitraria o grandilocuente, antes bien sostiene por debajo casi tres décadas de una productora enteramente independiente construida desde el rebusque diario y no desde ningún sello discográfico. Y por eso suena fresco. Por eso se sabe único.

A finales de 2025, después de la publicación del EP Cumbia Tetricómica del Magdalena junto a Bajo Mundo Récords y del personaje transicional de Don Segundo Berraco, llega BeatZarro ZenRuben inspirado en el equilibrio del yin yang, y con él el EP RAP HIJUEPUTA VIDA, producido de nuevo por DJ Hets en La Compañía Records, el mismo sello que publicó su primer disco casi quince años atrás. Buriticá describe este momento como “madurez, experiencia, seriedad, tranquilidad, frutos, un pequeño descanso de tanto caos, pero a la vez sin parar”, lo que en una oficina llamarían “una pausa activa” para pegarle a la coca del almuerzo.

Y es justo en esa descripción en la que el mecanismo que ha sostenido treinta años de carrera invierte, por primera vez, su dirección. Durante toda la trayectoria fue el personaje quien cargó al hombre para que este pudiera respirar; ahora describe “un BeatZarro re roto, con múltiples heridas de tantos años de aguante, apoyado por un Rubén que entra a reestrenarse en una batalla por salir a flote llevando a BeatZarro en los hombros”, mientras este último todavía hace alarde de su humor satírico en pequeños esbozos de energía, a la espera de fundirse otra vez con Rubén en lo que él mismo llama, sencillitamente, Beatzarro.

*Colaboración y redacción: Ignacio Mayorga Alzate es literato e historiador del arte. Desde 2014 se ha dedicado al periodismo cultural, con énfasis en el periodismo musical. Ha escrito para Rolling Stone, Arcadia, Semana, Remezcla (USA), Rock Achorao (Perú) e hizo parte del libro celebración felos 25 años de Jazz al Parque. Le gustan los paseos por los páramos, la hamburguesa doble y las películas de serie B.