Baum Fest 2026: Siguiendo (y cuestionando) el ritmo del baile masivo

Medianoche del 23 de mayo. Underworld llevaba un rato tocando luego de abrir con el remix de “Good Day Today”, la canción de David Lynch que en la voz de Karl Hyde se convierte en un himno expansivo y esperanzador. Después de minutos de nostalgia mezclada con la euforia colectiva de volver a verlos en vivo, me di cuenta de que ya no estaba bailando sin pensar sino administrando mi presencia en el espacio, calculando bien dónde situar mi cuerpo, pensando en la multitud infinita del escenario. En el sonido deficiente y la falta de aire. La experiencia no se rompió de golpe; se fue fragmentando lentamente durante la noche. Celulares en alto grabando cada minuto de los sets. Gente entrando y saliendo constantemente para alcanzar a ver a otro artista. Ahí, en la mitad de “Two Months Off”, noté que llevaba horas siguiendo el tráfico frenético del festival y no la música en sí misma.

Salí en la madrugada con los pies cansados y esa sensación particular de haber estado en muchos lugares sin haber llegado del todo a ninguno. Anjali Prashar-Savoie escribe en Club Commons (2026) que tratar de recordar una noche de fiesta es “imperfecto, difuso, profundamente personal y al mismo tiempo parte de algo más grande y más largo que cualquier pista de baile, que las palabras no pueden competir con la poesía somática de bailar en medio de extraños, el sonido sacudiéndote las costillas, hombros rozando desconocidos en una intimidad accidental”. Tiene razón. Y sin embargo fue en esa imperfección en donde encontré las tensiones que orientan este ensayo: qué hace un macrofestival de música electrónica con nuestras ganas de bailar, cómo los formatos afectan nuestra atención y cómo eso se relaciona con un horizonte de crecimiento infinito que, paradójicamente, no existiría sin la diversidad y profundidad del underground, siempre local, diverso y raras veces multitudinario. 

La undécima edición de Baum Festival (22 y 23 de mayo en Corferias) tuvo más de 74 artistas en ocho escenarios simultáneos y una asistencia que superó las 45.000 personas a lo largo del fin de semana. Son cifras que hace una década habrían parecido improbables. El festival empezó con alrededor de 6.000 asistentes en sus primeras ediciones y ha multiplicado por siete su tamaño original. Es una clara muestra de cómo géneros que hasta hace relativamente poco eran tratados como marginales se han convertido en la base de una infraestructura cultural masiva. 

Además, más de 25.000 de esos asistentes ya habían comprado entradas en ediciones anteriores lo que sugiere que se trata también de audiencias que se conectan año a año con las apuestas curatoriales del festival y con una forma particular de entender qué significa pasar un fin de semana bailando en la ciudad: escenarios cada vez más grandes, headliners, colectivos y formatos globales.

En este contexto de rápido y sostenido crecimiento es evidente que el festival no se trata solo de la música. A lo largo de los años, y muy acorde a las apuestas de otros macrofestivales de Páramo/Live Nation, se ha posicionado como una experiencia diseñada para ser reconocible incluso desde antes de que la vivamos: fotografiable desde cualquier ángulo y lista para circular en una historia de Instagram a las dos de la mañana o en un reel en el que no importa qué track esté sonando. 

Hay una arquitectura que sostiene esa dimensión experiencial, una hilera de numerosas activaciones de marca, iluminación a gran escala, disposición de los escenarios, ubicación de los DJ booths, etc., y eso transforma cómo nos relacionamos con la música misma. La escucha y el baile compiten con todos los elementos visuales y de consumo de esa experiencia. En varios momentos durante esos dos días pude ver cómo la música era el fondo para producciones de recuerdos que serían consumidos fugazmente. No es un accidente ni una falla del diseño, es un producto inevitable de ese formato. 

Uno de los elementos claves de ese proceso es el lineup. La promesa de 74 artistas en dos días produce, casi inevitablemente, la misma sensación que abrir una red social: acumulación, ansiedad por elección, atención que no sabemos cómo y hacia dónde orientar. El lineup funciona más como interfaz aspiracional que como experiencia u oferta de escucha. Todo ocurre al mismo tiempo y la lógica implícita es que siempre hay algo más (¿y mejor?) pasando en otra parte. Y precisamente por eso, la pista, más que un espacio de permanencia, es una ruta de tránsito constante. Pocas personas quieren y pueden quedarse a escuchar un set completo y lo que prima es la circulación entre nombres, escenarios y momentos potencialmente imperdibles. Así, el festival puede vivirse a veces como scroll, acumulación de estímulos, fragmentos de experiencia y FOMO organizado arquitectónicamente.

Este año, esa lógica aparecía incluso en las pantallas con frases que pretendían ser poéticas y que más bien revelaban la vacuidad del frenesí constante: Aplasta ternura. Obedece el brillo. Besa la pantalla. Cree en línea. Niega razón. Un lenguaje “emocional” diseñado para producirnos la sensación de pertenencia inmediata, alineado con la economía contemporánea de la atención (brevedad, rapidez, tipografía fácil de grabar). 

Durante dos días sentí que la pista competía contra su propia representación digital. A pesar de ese contexto, claramente enmarcado en las dinámicas de los macrofestivales, quedarse únicamente ahí sería contar solo la mitad de la historia. Incluso dentro de la imposibilidad de seguir varios shows en simultáneo y la cantidad de estímulos, seguían apareciendo momentos de baile, destellos de presencia compartida y felicidad por reconocer ciertos tracks o admirar la destreza de un DJ en particular.

El viernes los encontré en el escenario de Resident Advisor, que fue de los pocos espacios donde la dirección de arte se sentía pensada para el disfrute del público porque, a pesar de mantener la hegemonía de un booth altísimo, el humo y las luces terminaban ocultando parcialmente a lxs DJs y las bolas de disco colgantes creaban la ilusión de una pista íntima de club. 

Ahí bailé a LOVEFOXY, ISAbella y Helena Hauff con una continuidad que no encontré en el resto del festival. LOVEFOXY construyó tensión rítmica desde genealogías queer de la cultura club, con una mezcla de sensualidad y caos controlado que hacía que el cuerpo no tuviera más opción que responder. ISAbella se movió entre su «lesbian house» expansivo, mezclando progressive, trance y emocionalidad sin drops demasiado obvios. Helena Hauff con su aproximación cruda y analógica al electro produjo uno de los momentos más genuinos de toda la noche. 

El sábado pude rastrearlos en el escenario Páramo con Nyksan, Brenda, y Nicola Cruz. Nyksan llegó después de siete años de su primera presentación en el festival con un set de atmósfera enrarecida y deliberadamente poco complaciente, una exploración que creó espacios experimentales, sin concesiones al peak-time ni a la euforia fácil. Un perfecto warm up. Brenda llegó después con una apuesta por los sonidos quebrados y el dembow del futuro, incluyendo un fragmento de la maravillosa junta directiva de Betty la Fea. Más tarde, bailé casi todo el set de Nicola Cruz, orientado hacia el techno y el tech house noventero, high energy y profundamente físico.

 
Encontrar esos momentos implicaba transitar un laberinto de escenarios y multitudes, pero ahí estaban. No es casual que la mayoría se concentraran en escenarios con curadurías específicas y sonidos más arriesgados. Eso contrasta con la lógica que organiza el festival en su conjunto, cada vez más orientada hacia grandes formatos y hacia una programación que crece en escala pero que pierde de vista lo que hace que esos rincones funcionen y lo que ha nutrido a las escenas locales y nacionales durante décadas. 

Es innegable que el equipo de Baum Festival ha hecho esfuerzos evidentes por diversificar sonidos y ampliar representaciones dentro del lineup. Aproximadamente el 23% de los actos son colombianos, el 30% son mujeres (una cifra que supera el promedio regional del 19%), y la presencia de propuestas de ambient, jazz o disco habla de una escena mucho más compleja y abierta que la de hace algunos años. Pero la representación, por sí sola, no transforma estructuras o posibilita otras condiciones para el crecimiento de artistas y circuitos culturales. Un 30% de mujeres sigue siendo insuficiente, y cuando se revisa el peso real de esos nombres dentro del lineup la cifra se vuelve todavía más relativa. A eso suma el cambio para esta edición en el que las dos colaboraciones para escenarios no se hicieron priorizando curaduría y formato locales sino la alianza con Unreal, un colectivo alemán y el face to face, un formato de presentación en el que dos DJs mezclan simultáneamente de frente, cada uno con sus propios equipos, en una especie confrontación sonora en tiempo real. Eso se convierte en un recurso que privilegia el impacto visual y la expectativa del encuentro entre nombres reconocidos por encima de otros elementos de la fiesta y el baile. 

Reducir el festival a un ejemplo de comercialización y captura del underground sería fácil pero impreciso, además de zanjar el debate demasiado rápido. Baum existe porque hubo décadas de trabajo de clubes, colectivos, DJs, promotores y audiencias locales que construyeron sensibilidad alrededor de estas músicas y aún hoy siguen construyendo espacios que nutren lo que pasa durante dos días en Corferias. Esa historia no desaparece solo porque ahora haya pantallas gigantes y patrocinadores que no tienen ninguna relación con la música electrónica. 

Sigue operando por debajo, como condición de posibilidad de todo lo demás, incluso cuando la infraestructura del macroevento la invisibiliza y es lo que sigue dándole rienda a espacios durante los dos días en los que es fácil desconectarse, bailar, no pensar en el siguiente recorrido y las filas interminables. 

Después del festival, muchas preguntas me siguen dando vueltas: ¿cómo puede crecer la música electrónica sin perder autenticidad?, ¿qué significa nutrirse del underground cuando el crecimiento depende cada vez más de dinámicas corporativas, headliners globales y economías masivas de atención? ¿Qué pasó con la curaduría colectiva, con los escenarios a cargo de colectivos y sellos locales, con las formas de colaboración que no se reducen a la aparición puntual de un nombre en un lineup? 

Y sobre todo: ¿cómo sostener formas de escucha, cuidado y comunidad por las que efectivamente valga la pena seguir bailando?